El aire que baila en la boca es una invitación a invertir nuestra perspectiva: mirar como lo hace la abeja y adentrarse hacia lo invisible, igual que las guías de néctar revelan patrones ultravioletas para orientar a los polinizadores en la opacidad de nuestra visión. A partir de una práctica híbrida que combina pintura y pastel, el proyecto propone un desplazamiento de lo micro a lo macro para subvertir nuestra percepción del mundo natural, presentándolo como la dinámica fundamental de cohabitación donde construirse con el otro. Mediante un proceso de metamorfosis de las formas, el ser humano deja de ser el centro para fundirse en un ecosistema vivo de relaciones y afectaciones múltiples, que revela el vínculo esencial que nos une a una naturaleza interconectada y no antropocéntrica. El aire que baila en la boca es la voluntad de subvertir las jerarquías y desplazar lo que estaba en el fondo hacia el centro, celebrando la vida como una danza constante de transformaciones recíprocas.
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